Gracias a Jaromil por permitirme publicar su cuento aquí.
Esta historia me encantó,pero mejro dejo que lo descubran ustedes mismos
Añil
J. Jaromil Loyola Ramírez
Recuerdo que siempre despedía una fragancia a neblina, a lluvia, a resina. Ella convertiría las tardes sosas en algo vibrante, ágil, a pesar de la indiferencia y conformidad de los grandes, quienes veían sin ver y no percibían que, estando por ahí la niña de ojos violetas, todo lo común sufría una revelación mágica y sutil.
Esto fue hace tiempo…desde la ventana contemplo un arcoíris que nace de la lluvia vespertina y pienso en ella. Ahora sé que era una joven añil, de las que de muy de vez en cuando nos toca contemplar; como un cometa, o como cuando el vaivén de las estrellas se mezcla con artificios de luciérnagas, y sabemos que estamos frente a lo insólito.
El día que la conocí me encontraba con un par de niños, en el campo cercano de la escuela, habían terminado las clases. Estábamos molestando hormigas. Yo sosteniendo una lupa e inclinándola hasta el ángulo preciso donde un cono de luz iluminaba al insecto, comediante principal del escenario, hasta que el calor lo reducía a partículas tostadas. En el fondo de nosotros fluía una sensación de poder y diversión. Elegir quien vive y quien no… era lo más cercano a sentirnos dios.
Luego, caminamos hasta un árbol por donde se veía subir a las hormigas por el tronco.
Estábamos listos para fulminar nuevamente a otra, cuando la jovencita descendió sorpresivamente de una de las ramas y quedó en medio de nosotros, como una extraña aparición.
Nos inundó uno a uno con la extraña dulzura de su mirada. Nadie dijo nada, era como si el tiempo se hubiera paralizado. Sin hablar, se deslizó hacia mí y con un movimiento suave, casi una caricia, me quito la lupa.
El silencio se quebró. Antón gritó- ¡Es nuestra lupa ! ¡Dánosla ! – Ella lo miró fijamente y Antón titubeó y retrocedió unos pasos, con el puño levantado y el gesto azorado.
Yo permanecí estupefacto. Aún sentía el roce suave de sus dedos en mi mano. Era una niña hermosa; en ese momento no tenía palabras para describirla, pero hoy reconozco que ya desde entonces desbordaba una feminidad única.
Ni siquiera intente recuperar la lupa, por que sin saber de que manera, me sentía avergonzado frente a la chiquilla.
Richi trató de acercarse para arrebatarle nuestro juguete, pero ella, sin retroceder, lo miró de frente con dulzura, y de nuevo lo extraño, mi amigo retrocedió y corrió hacia la escuela mientras Antón lo seguía.
Yo no supe que hacer. Quería irme con mis amigos y al mismo tiempo permanecer contemplándola para siempre. Ella sonrió y esa sonrisa pareció darme permiso para irme. Caminé lentamente, volviendo la cabeza de vez en vez, contemplando su vestido agitado por el viento. Ella permanecía quieta, hasta que finalmente, la última vez que volteé hacia atrás, ya no estaba.
Una grieta se me formó en la mente y una tristeza desconocida se apodero de mí. Su fragancia se mezclaba en mí junto con el recuerdo de sus ojos violeta.
Yo vivía en un pequeño pueblo, donde los chicos la mayor parte del tiempo jugábamos futbol, y a mi nunca me ha gustado, pero ¿que más se puede hacer cuando todos están locos por un balón?
Chicos libres, eso éramos, niños que pasábamos el tiempo frente al televisor, jugando fútbol o cartas, paseando en grupo, matando insectos, y mirando pornografía. Pero a pesar de que siempre estaba con mis amigos, no me sentía ya parte de la pandilla. No desde el encuentro con esa niña.
Tenía que volver a verla. Regresé un sinfín de veces al campo, era la única referencia que tenia de ella. Se convirtió en un hábito, diariamente al salir de la escuela me encaminaba por el prado que conducía a ese árbol donde la había visto. Y nada.
Solía confundir los ruidos de la naturaleza con murmullos y cantos de la joven de ojos violeta. A veces la brisa que traspasaba los árboles y llegaba hacia mí, era muy similar a esa caricia que ella me había regalado, pero nada. Comencé a creer que todo había sido un sueño, una alucinación.
Mis amigos se burlaban, decían que sufría un embrujo, y cuando estaban menos mordaces intentaban convencerme de que todo eso de la búsqueda era una locura, la habíamos encontrado una vez y eso era todo.
Pronto la frustración se apoderó de mí, ni siquiera sabia su nombre, sólo la había visto unos instantes y además se había robado mi lupa. Y si la volvía a encontrar ¿me atrevería a hablar con ella? Claro que no.
Sin darme cuenta la escuela finalizaba. Por fin llegaba el verano, en el que ya no tendría que portar el molesto uniforme y obedecer ordenes de un longevo profesor.
Mi amiga Ana presumía del viaje que realizaría a Berlín, Richi iría a la playa, y Antón y yo como de costumbre nos quedaríamos tirados con nuestros videojuegos. Ya no quise buscarla, pero siempre estuvo presente, como un dulce y melancólico recuerdo. Y de vez en cuando al pasar cerca del campo una fragancia peculiar, muy peculiar, insistía en recordarme que allí estaba ella.
Esas vacaciones fueron aburridas, no hubo novedades. Y finalmente entramos a la secundaria. Como cada primer día de clases todos conversaban y reían, yo por mi parte observaba al profesor de historia, un hombre alto y viejo que ponía sus listas en orden y salía un momento por la puerta.
Richi insistía en que mirara sus fotografías, en donde aparecía echado en la arena, con la piel de tono camarón, cuando la puerta se abrió nuevamente, momento exacto en el que las reminiscencias me golpearon, el profesor entró seguido de un resplandor muy sutil que al parecer sólo percibía yo, y allí estaba. La joven de ojos violeta. Perfecta beldad femenina.
El murmullo se hizo presente, ella se mantenía inmutable, como una reina que observa a sus nuevos vasallos. El profesor pronunciaba algo que no logré comprender, sólo podía verla, su mirada me hipnotizaba, entonces logré escuchar cuando ella decía: Me llamo Añil, Añil Friedberger.
La gente habla