Hace algunos post comenté que había entrado a un taller de cuentista y el cuento que presento a continuación es mi primer trabajo. Gracias a la profesora Laura Rivas y a mis compañeras del taller por ayudarme con las correciones y por hacer algunos comentarios que me ayudaron a terminar esta historia.
BUENAS AMIGAS
Trágica muerte en comunidad tlaxcalteca
Esta mañana fue hallado, en una casa de la comunidad de Tepehitec, el cuerpo inerte de una joven de 16 años de edad. El reporte forense reveló que la causa de muerte fue asfixia por estrangulamiento…
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Dicen que ese día Felicia estuvo en su habitación, como otras tardes, con las piernas abrazadas contra el pecho, mientras dejaba correr las lágrimas que mojaban su rostro como tibias gotas de lluvia salada.
Puedo asegurarte que había leído y releído como 10 veces la carta que Lucas le había dejado como despedida, y también estoy segura de que sólo miró una vez los resultados de laboratorio que le habían entregado unas horas antes.
Tenía 15 años cuando se enamoró. Su piel era de un color dorado que contrastaba con los ojos café oscuro, y el cabello lacio y largo, color negro, que siempre usaba suelto. A diferencia de otras compañeras de la escuela, ella aún no tenía formas de mujer; de hecho, seguía pareciendo una chica de 13 años, si bien con algunas curvas incipientes y algo en su mirada que la hacían atractiva.
Su madre era una mujer agobiada que vivía absorta en el trabajo y no tenía tiempo para atender a su única hija, pues cuando no trabajaba se encerraba durante largas horas a llorar, tratando de sobrellevar su doloroso divorcio. Muchas veces mi amiga me contaba lo horrible que era ver a su madre desmoronarse de ese modo, pero que por más que trataba de consolarla le resultaba imposible sacarla de ese pozo de desaliento en el que estaba hundida.
La última vez que la vi estaba pálida y ojerosa, la sonrisa había desaparecido de su rostro inocente cuando la abandonó el amor. Su cuerpo parecía más frágil de lo normal, caminaba con lentitud, como si el viento le hiciera daño; tenía la mirada apagada y le costaba trabajo concentrarse en clase.
Lucas fue novio de mi amiga por dos o tres meses, él tenía 17 años y cursaba el quinto semestre en una preparatoria distinta. Se conocieron una calurosa tarde de verano, cuando mi amiga olvidó su cartera en una banca del parque y él la siguió hasta alcanzarla, tres cuadras después, para devolvérsela.
Luego del primer encuentro salieron a tomar un café y al cine. Tardaron menos de dos semanas en hacerse novios; yo creí que iban demasiado rápido pero jamás le dije nada, para no arruinarle su momento de felicidad.
Cada vez que mi amiga hablaba de sus citas con Lucas se le iluminaban los ojos y su sonrisa se extendía de oreja a oreja, mostrando su emoción. Normalmente soy una persona comprensiva, pero después de escucharla tres o cuatro días con la misma cancioncita –Lucas esto…Lucas lo otro…Lucas dice…- ya me tenía harta de esas tonterías, me fastidiaba que no dejara de hablar de ello. Ahora, mientras te cuento esta historia, me alegro de que mi fantasía de ser yo la que amara de esa forma jamás llegara a hacerse realidad.
Déjame decirte que Lucas no era un súper galán, pero había algo en él que me parecía atractivo: no sé si era su cabello negro o su tez pálida como el papel, pues pasaba muchas horas en la biblioteca, revisando textos de medicina, ya que su sueño era ser médico y quería ir a la UNAM para cursar la carrera saliendo de la preparatoria, o sus ojos color ámbar con destellos dorados que cautivaban de inmediato; no era muy alto o atlético, sino más bien delgado.
Eran principios de noviembre cuando el sueño se le convirtió en pesadilla a mi amiga. El viento frío arrastró desgracia y dolor disfrazados de un bello sueño. Una tarde Felicia y Lucas decidieron ir al cine del jardín botánico, pero en el camino a él se le ocurrió ir a una zona de arbustos, alejada del sendero, donde podrían tener más intimidad.
Los imagino besándose una y otra vez, con besos húmedos y apasionados para saciar su necesidad por el otro, desabotonando cuidadosamente los botones de la falda y la camisa; mirando sobre el hombro de vez en cuando para comprobar que nadie los interrumpiera en ese momento. Sus manos recorrían sus cuerpos tratando de memorizar cada pliegue, cada curva. Entre susurros amorosos y gemidos de placer se fundieron en uno sólo.
-¿Y se protegieron?- pregunté al día siguiente, con un tonillo que yo misma noté agrio, después de escuchar su relato- ¿Usaron condón verdad?
-Si, pero se rompió- contestó mordiéndose las uñas-¡pero no creo que pase nada!- sin embargo su voz temblorosa decía lo contrario
-Buena la vas a hacer si sales panzona- reproché cada vez más enojada, no sé si por su torpeza o por que no era yo la elegida-
-Ah! Pero ¿no me dejarías quedarme en tu casa si mi mamá me corriera?
-¿Cómo crees?- corté con una frialdad que yo misma no supe de donde salía – me metería en problemas, no creo que mi mamá lo aceptara- y sin hacer caso de su angustiado semblante agregué- si estás embarazada tienes dos opciones: lo tienes y lo afrontas, o lo abortas y sigues como si nada. Mira, si quieres yo te ayudo a buscar un doctor, creo que unas chicas del otro salón podrían ayudarnos-
Nunca imaginé que ella buscaría una tercera opción.
No estoy segura de cuántas semanas pasaron, pero con el paso de los días ella se veía cada vez más endeble y triste, a pesar de lo cual no creí que fuera importante, pues imaginé que era algún problema con Lucas lo que la alteraba.
-Estoy embarazada, ya me hice los análisis- dijo muy angustiada- no sé que hacer y Lucas no me contesta las llamadas ni los mensajes
-Saliendo de clases nos vamos a tomar un café y me cuentas con calma- ofrecí- pero ya tranquilízate.
Esa tarde nos despedimos en la entrada de mi casa y ella se siguió derecho para ir a la suya. Se le veía caminar más lento, pero cualquiera hubiera pensado que era por el cansancio.
Al llegar revisó el buzón, como siempre, para recoger algún recibo pero encontró un sobre que tenía su nombre como destinatario y era de Lucas. Entró corriendo a su casa y subió directamente a su cuarto ignorando completamente a su madre, que se despedía con voz ausente para ir a trabajar.
Cada palabra le abría una profunda herida en el corazón. Apagó el celular y descolgó el teléfono para que nadie la molestara. Lentamente se despojó del uniforme escolar y se paró completamente desnuda frente al espejo intentando inútilmente reconocer a esa mujer destruida que la miraba con ojos perturbados; se metió a la ducha donde los hilos de agua tibia se mezclaban con sus lágrimas y estuvo ahí más de una hora, cuando salió cubrió su frágil cuerpo con una delgada toalla y fue al tocador para cepillar su cabello. Se vistió con un vestido rosa que le había traído su abuela de Veracruz y por primera vez en varias semanas se maquilló.
Fue hacia el cuarto de su madre y abrazó la almohada como si le pidiera perdón, sabía que ella iba a sufrir, pero sentía que ese dolor no era nada comparado con el que la invadía en esos momentos.
Agarró un frasco de somníferos del buró, que su mamá tomaba desde su divorcio, pensando en que no quería ingerirlos igual que su madre, durante años, para sofocar por unas horas el dolor. No, si todo fallaba, eso terminaría definitivamente, de una vez por todas y para siempre, con su sufrimiento.
Sacó de su closet la bufanda que le había pedido a Lucas en su último encuentro, anudó un extremo a una viga y acercó la silla, luego tragó de una en una todas las pastillas del frasco. Cuando terminó subió al asiento, anudó en torno a su delgado cuello el último recuerdo de su amor roto y dio el salto que le daría final a tanta pena.
En las noches, cuando me ataca el insomnio, recuerdo los gritos de la señora Carmen llorando por su hija. Me pregunto si hubiese podido evitar todo esto. Tal vez debí ser más comprensiva. ¿Si hubiera tenido el valor de contárselo a su madre, Felicia seguiría yendo a la escuela?
Hoy es mi cumpleaños y mientras soplo las velitas del pastel todos me dicen “pide un deseo, pide un deseo”… y yo quisiera regresar el tiempo hasta ese viernes para quedarme a su lado, para ayudarla a superar ese problema como la buena amiga que nunca fui.







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